La guerra contra el plástico es una evidencia, pero se suele cargar de responsabilidad a los que menos impacto directo pueden tener

La guerra contra el plástico en general y sobre todo contra el plástico de un solo uso, es bastante clara. Es evidente que hemos estado consumiendo plástico de manera exagerada, sin preocuparnos del residuo que genera y obviamente haciendo un consumo nada responsable. De hecho, tenemos 5 islas de plásticos, animales llenándose sus tripas de micro plásticos y hasta entrando ya en la cadena alimenticia debido al diminuto tamaño de dichas nanopartículas.

Pero claro, como todo en esta vida, la guerra contra el plástico y la amenaza que supone para el planeta no es percibida de igual forma por todos los agentes implicados, por lo que al final es muy difícil poner en común medidas reales que puedan ser cumplidas. Por no hablar de los intereses de diferentes grupos que luchan por ningunear esta guerra contra el plástico y, como vamos a hablar en el post, cómo grupos empresariales buscan inculpar al consumidor final como principal responsable de esta lucha.

Tras el paso de la borrasca Gloria, se ha hecho más que evidente lo cerdos que somos como sociedad, que me perdonen los pobres gorrinos que no tienen culpa. Se han hecho virales las imágenes de envases de hace 20 años intactos, devueltos por el mar y, de hecho, se han organizado recogidas de envases para limpiar playas y ríos para que todo vuelva a su normalidad, pero ¿es esa la solución? ¿de que sirve estar recogiendo playas de plásticos si luego cuando se acaba, nos sentamos en una terraza a consumir una bebida en otro plástico de usar y tirar? ¿O de usar y reciclar en el mejor de los casos? En mi opinión, de nada.

Y si, es obvio que el impacto es menor si se recicla el envase y se vuelve a hacer otro nuevo con el material reciclado. También me gustaría dejar claro que no estoy en contra de hacer estas campañas de recogidas en playas y ríos, creo que son necesarias para el medio. Pero si realmente queremos ser contundentes con nuestras medidas, toca empezar a señalar con el dedo y responsabilizar de la utilización de tantos plásticos a quien lo emite y no solo centrándonos en el consumidor final, haciéndolo único responsable de dicha contaminación y encargado de reciclar todo lo que le llega, sabiendo a donde tiene que tirar cada cosa y descuartizando cada envase según los tipos de materiales que nos encontramos en él.

Tal y cómo está montado el sistema, en la actualidad, las empresas que venden sus productos en envases de plástico le cobran el coste de dicho envase al consumidor, un detalle clave que le quita toda responsabilidad con dicho envase. Su mentalidad es: yo ya me he encargado, en el mejor de los casos, de hacer el envase con materiales reciclados. A partir de ahí es el consumidor final el encargado de reciclar dicho envase y el que asume el coste de éste en el momento de hacer la compra, por lo que no entiende su producto como el producto y su envase, todo en conjunto es el producto.

Con este sistema el que pone en circulación el plástico, es el que menos responsabilidad acaba teniendo de que ese plástico se acabe reciclando. De hecho, no le cuesta nada utilizar materiales reciclados, ya que no le importa el coste y en caso de sufrir algún aumento, se le asigna el coste al precio final del producto y a seguir produciendo nuevos envases sin problemas. Además, el consumidor final no tiene ningún incentivo para reciclar bien este envase, ese envase pasa a ser basura que ya se verá si acaba o no en el contenedor que le toca.

En cambio, si empezamos a apostar por sistemas de reutilización de envases, donde se le asigna un coste al envase y se premia a dicha reutilización por parte del consumidor final, se consigue que todos los actores del sistema productivo tengan su parte de responsabilidad y se evita que nadie mire hacia otro lado. Me explico.

La empresa que hace bebidas compra las botellas a un precio x. Esta empresa, las llenas de su bebida con su fórmula mágica y se las vende a un supermercado diferenciando el coste del envase a un precio x, no más que el anterior ya que su negocio es con la bebida y no trampeando con el envase, y el coste de los 50cl de su bebida con su margen de beneficio correspondiente. El supermercado lo pone a la venta en sus estanterías, asignando el mismo precio x al envase que le han cobrado y cobrando el precio que considere oportuno para llevarse su margen, pero dando la opción de devolver el envase para que se pueda retornar su precio x. El consumidor final, al acabar el líquido de su producto, tendrá una motivación para guardar dichos envases, poderlos llevar al supermercado cuando necesite realizar una compra y llevarse un descuento por el retorno de dichos envases. Lo mismo pasaría con todos los agentes de la cadena, pero en el sentido inverso al comentado.

De esta manera se consiguen varios objetivos: la empresa que fabrica envases no debe fabricar tantos como hasta ahora y reduce su consumo de plástico de manera drástica, la empresa de la bebida con la fórmula mágica será el primer interesado en responsabilizarse de sus envases y no tener que pagar así el coste de fabricar nuevos envases, el supermercado se vuelve un actor primordial para empezar el retorno y crea un vínculo con el cliente y se le pone mucho más fácil al consumidor final, ya que no tiene que ser un experto en plásticos para saber donde tiene que ir cada cosa y simplemente tiene que devolver los envases al lugar donde los adquiere. Además, si el consumidor final es un irresponsable, le da igual pagar ese precio del envase y prefiere tirarlo en cualquier lado, habrá una motivación por parte del resto de sociedad para que no acabe en el mar y poder llevarse el importe del retorno del plástico que su vecino no ha querido.

Pero claro, para que este sistema cambie no sirve ir a recoger plásticos a la playa cada fin de semana y bebiendo una lata que acaba en el amarillo tras la faena, se cambia siendo consumidores responsables. Apoyar con el consumo a las empresas que optan por este sistema y excluir de la lista de la compra a los que ignoran dicha problemática. Ser consciente a la hora de votar, que muchos de los debates que se plantean no tienen sentido si seguimos por esta deriva. Y sobre todo empezar a cambiar dinámicas de consumo que nos han hecho arraigar, pero que en realidad no es más que hacer lo que se solía hacer hace ya un tiempo: ir con bolsas propias o el carrito de la compra de toda la vida, comprar a granel llevando los envases de casa o boicotear los productos con un uso excesivo de plástico.

Obviamente entiendo que es una lucha a largo, que, pese a que ya es una evidencia y que mucha gente está concienciada con ello, muchas multinacionales están siguiendo la moda de aparentar ser ecológico cuando en verdad solo es simple fachada para aprovecharse de la ola ecologista. Por ello seguirán viviendo bien si nos limitamos a seguir consumiendo y votando igual, pero vamos a recoger plásticos a la playa. De hecho, siguiendo así les hacemos un favor doble: les pagamos su uso de plástico excesivo ya que nos lo incluyen en el coste del producto y encimas les recogemos su mierda esparcida por la playa.

Un comentario sobre “La guerra contra el plástico, una guerra desigual

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